“Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó.”
"Pero también digo: Entre tanto que el heredero es niño, en nada difiere del esclavo, aunque es señor de todo; 2 sino que está bajo tutores y curadores hasta el tiempo señalado por el padre. 3 Así también nosotros, cuando éramos niños, estábamos en esclavitud bajo los rudimentos del mundo. 4 Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo la ley, 5 para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin de que recibiésemos la adopción de hijos. 6 Y por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo, el cual clama: ¡Abba, Padre! 7 Así que ya no eres esclavo, sino hijo; y si hijo, también heredero de Dios por medio de Cristo." Gálatas 4:1-7
Debajo del César, el Imperio Romano era un reino, no una democracia. César era un rey, no un presidente. Durante los días de Jesús, Roma gobernaba la mayor parte del mundo conocido. Su gobierno, sus leyes, sus instituciones y su cultura estaban por todas partes.
Cada palabra que Jesús habló sobre el Reino de Dios tenía un equivalente físico en Roma y hacía el mensaje más fácil de entender para la gente que lo escuchaba. Por ejemplo, al senado romano se llamaba ecclesia, una palabra griega que significa «asamblea» o «los convocados».
El griego y el latín eran ampliamente hablados en todo el Imperio. Jesús hablaba arameo, el lenguaje común de los judíos de Palestina, pero los Evangelios fueron originalmente escritos en griego. Los autores o evangelistas usan la palabra ecclesia en pasajes en donde Jesús habla de edificar su «Iglesia».
Así como el César tenía una asamblea de convocados —el senado—, también Jesús, el Hijo del Dios viviente y Rey de reyes, tiene una asamblea de convocados: su Iglesia.
César acuñó monedas con su imagen y descripción. La gente entendió que dondequiera que la imagen del César estaba, pertenecía a él, quien tenía el poder de reclamarlo.
Del mismo modo, ellos podrían entender que cualquiera que portara la imagen y estampa de propiedad perteneciente a Dios era suyo por derecho. Cuando nosotros venimos a Jesús y le damos a Él nuestra vida, la primera cosa que Él hace es cambiarnos el nombre. Nos da su nombre y nos llama hijos e hijas. Juan nos dice que a aquellos que creemos en su nombre, nos da el derecho de ser hechos hijos de Dios (ver Juan 1:12). Como hijos de Dios, estamos unidos con Cristo y sentados juntamente con Él en su trono celestial junto a nuestro Padre. ¿Qué significa creer en su nombre? Creer en su nombre no significa que solo usas el nombre para echar fuera demonios o recibir un milagro, creer en su nombre significa que lo llevas en todo, lo llevas en tu vida, y la única manera que yo se dé llevarlo plasmado en tu propia alma es a través del bautismo. Hechos 2:39, Hechos 8:15-17, Hechos 10:47-48, Hechos 19:1-6, Hechos 22:16
Su imagen esto fue lo que Dios nos dio en Génesis 1:26 su imagen y su semejanza --- nosotros éramos portadores de la imagen de Dios en esta tierra. -- imagen y semejanza de Dios aquí en la tierra. Y esto fue lo que Jesucristo vino a traernos de regreso su imagen, su reino, nuestra posición original.
Esto fue lo que Cristo vino a establecer de regreso aquí en la tierra, no una religión, sino el derecho de ser llamados hijos de Dios, y de ser portadores de la imagen de Dios aquí en la tierra, ser hijo demanda de ti una responsabilidad mayor que ser cristiano, el nos dio un nuevo nombre dice la palabra de Dios en Isaías 62:1-3 Reina-Valera 1960
"Por amor de Sion no callaré, y por amor de Jerusalén no descansaré, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación se encienda como una antorcha. 2 Entonces verán las gentes tu justicia, y todos los reyes tu gloria; y te será puesto un nombre nuevo, que la boca de Jehová nombrará. 3 Y serás corona de gloria en la mano de Jehová, y diadema de reino en la mano del Dios tuyo".
Apocalipsis 2:17
"El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, daré a comer del maná escondido, y le daré una piedrecita blanca, y en la piedrecita escrito un nombre nuevo, el cual ninguno conoce sino aquel que lo recibe."
Efesios 2:4-7. Reina-Valera 1960
"Pero Dios, que es rico en misericordia, por su gran amor con que nos amó, 5 aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo (por gracia sois salvos), 6 y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús, 7 para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús."
La Biblia dice que nosotros, como creyentes, somos ciudadanos del cielo. Esto se aplica a dondequiera que vayamos. Cuando yo viajo internacionalmente, llevo mi pasaporte conmigo, lo que me identifica como un ciudadano de los Estados Unidos ante cualquier funcionario extranjero que precise verlo. No necesito estar en los Estados Unidos para ser ciudadano de ese país; sigo siendo un ciudadano Estado Unidense cuando me encuentro en México, en Europa o en Sudamérica. De igual modo, no tenemos que estar en el cielo para ser ciudadanos de allí. Ahora mismo, vivimos sobre la Tierra, pero somos ciudadanos y embajadores del Reino celestial, el cual es nuestro verdadero hogar.
¡ERES UN REY!
Cuando Jesús estuvo ante Poncio Pilato horas antes de su crucifixión, el gobernador romano estaba sorprendido de su silencio en vista de las acusaciones que habían levantado en su contra.
Juan 19:10-11
"Entonces le dijo Pilato: ¿A mí no me hablas? ¿No sabes que tengo autoridad para crucificarte, y que tengo autoridad para soltarte? 11 Respondió Jesús: Ninguna autoridad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba; por tanto, el que a ti me ha entregado, mayor pecado tiene."
Como gobernador romano en Judea, Pilato representaba todo el poder y la autoridad del emperador mismo. Toda la fuerza del imperio más poderoso de la historia respaldaba las palabras de Poncio Pilato, pero aun así Jesús dijo que todo el poder había venido desde arriba, queriendo significar que provenía de su Padre. ¡Esta sí que era una conversación de reino a Reino!, y Jesús estaba diciendo que su Reino era mayor que el Imperio Romano, porque era de su Reino de donde Roma recibía su poder.
En otra instancia, Pilato le preguntó a Jesús sobre su Reino: ¿Eres tú el rey de los judíos? — le preguntó. — ¿Eso lo dices tú — le respondió Jesús —, o es que otros te han hablado de mí? — ¿Acaso soy judío? — replicó Pilato —. Han sido tu propio pueblo y los jefes de los sacerdotes los que te entregaron a mí. ¿Qué has hecho? —Mi reino no es de este mundo — contestó Jesús —. Si lo fuera, mis propios guardias pelearían para impedir que los judíos me arrestaran. Pero mi reino no es de este mundo. — ¡Así que eres rey! — le dijo Pilato. -Eres tú quien dice que soy rey. Yo para esto nací, y para esto vine al mundo: para dar testimonio de la verdad. Todo el que está de parte de la verdad escucha mi voz. -¿Y qué es la verdad? — preguntó Pilato… (Juan 18:33-38).
Jesús le respondió sin duda y llanamente, reconociendo que Él era Rey y que su Reino era «de otra parte», es decir, no de este sistema. Su Reino es un reino de verdad, porque Él vino a «testificar de la verdad». Todos los que buscan la verdad lo escuchan. Por lo tanto, el Reino de verdad de Cristo está compuesto por ciudadanos que no solamente son buscadores de la verdad, sino también sus seguidores. Tan solo este ingrediente hace que su Reino sea único, completamente diferente de los reinos de este mundo. Como creyentes, vivimos en la Tierra, pero nuestra ciudadanía está en el Reino de los cielos, y todos los recursos, la autoridad y el poder de ese Reino están disponibles para nosotros si buscamos vivir como embajadores fieles y responsables de nuestro Rey.
Cuando alguien nos pregunta: «¿De dónde eres?», deberíamos considerar cuidadosamente nuestra respuesta. Cuanto más aprendamos a pensar como ciudadanos del Reino, más actuaremos como tales. Cuando más actuemos como ciudadanos del Reino, más proclamaremos el evangelio a un mundo perdido, a este sistema perdido y contaminado por el mal, porque es nuestra principal oportunidad de cumplir el mandato de dominio. Es importante que aprendamos a vivir vidas distintivas del Reino, para que otros puedan ver la diferencia entre los reinos de este mundo y el Reino de Dios.
Cada ser humano que haya vivido, ha enfrentado la misma tensión: haber sido diseñados para un reino y forzados a vivir en otro. La mayoría de las personas nunca podrá definir claramente el problema. Para ellos, la vida nunca parece andar bien, sin un propósito y llena de miserias, como si de algún modo algo no encajara. Están insatisfechos y descontentos con la vida en general, pero no saben por qué.
Nada funciona correctamente cuando es quitado del medioambiente para el cual fue creado. Un pez fuera del agua rápidamente se asfixiará; un ser humano puesto debajo del agua sin un aparato de respiración especial pronto se ahogará. Con esto en mente, cuál fue el plano original, el medioambiente en el cual el hombre vivía antes de la caída.
“EL MEDIOAMBIENTE DEL HOMBRE ANTES DE LA CAÍDA”
Texto base: Génesis 2:7–8
“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente.
Y Jehová Dios plantó un huerto en Edén, al oriente; y puso allí al hombre que había formado.”
Desde el principio, Dios diseñó al hombre con un propósito eterno: vivir en Su presencia y manifestar Su Reino en la tierra.
Adán no fue creado para la religión, sino para la relación, el dominio y la comunión constante con su Creador.
El Edén no era solo un jardín, sino un entorno de gloria, una atmósfera celestial en la tierra.
Cuando el hombre cayó, no perdió una religión, perdió un ambiente.
Perdió la Presencia.
Y cada ser humano desde entonces ha buscado inconscientemente regresar al Edén perdido —a esa conexión con su Fuente original.
El hombre fue creado en el ambiente del Reino
Génesis 2:7-8
El Edén era el lugar donde Dios y el hombre convivían sin separación.
La palabra Edén en hebreo significa “delicia, presencia, acceso a la intimidad de Dios.” En contexto esta es la definicion del Edén; "Un lugar por el momento, en donde la presencia de Dios es un deleite y una puerta abierta al cielo"
El Edén era el punto de conexión entre el cielo y la tierra.
El hombre respiraba la gloria de Dios, y su vida fluía desde la comunión divina.
La gloria era su vestido, su atmósfera, su entorno espiritual.
Salmo 8:4-6
“Le hiciste poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.”
El hombre fue diseñado para vivir rodeado de gloria, no de pecado, temor o vergüenza.
Donde hay gloria, hay identidad; donde hay presencia, hay propósito.
Aplicación:
Cuando el creyente se desconecta de la presencia de Dios, empieza a respirar el aire contaminado del mundo.
Pero cuando vuelve a la gloria, su alma revive y su espíritu se alinea con el cielo.
El hombre fue creado para gobernar, no para sobrevivir
Génesis 1:26
“Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree…”
El propósito de Dios nunca fue que el hombre se adaptara al sistema del mundo, sino que estableciera el sistema del Reino sobre la tierra.
El hombre era el administrador del Reino de Dios: llamado a extender Su cultura de justicia, paz y amor.
Nota:
Dios no le dio al hombre una religión que practicar, sino un Reino que gobernar.
Así como el pez necesita el agua y el ave el aire, el hombre necesita la Presencia de Dios para funcionar.
Cuando Adán pecó, murió espiritualmente —no porque dejó de respirar, sino porque se desconectó de su atmósfera original.
Romanos 5:17
“Por la transgresión de uno solo reinó la muerte, mucho más reinarán en vida por uno solo, Jesucristo.”
El hombre fuera de la Presencia de Dios deja de funcionar como fue diseñado
El ser humano puede estar vivo, pero espiritualmente fuera de su hábitat.
Por eso, hoy experimentamos ansiedad, insatisfacción y un vacío interior.
El hombre fue creado para la gloria, pero vive respirando el polvo del pecado.
Juan 15:5
“Separados de mí nada podéis hacer.”
Sin la Presencia, el hombre pierde el sentido de su existencia.
Sus dones no producen fruto, su vida se desordena, su alma se enferma.
Donde el Espíritu de Dios habita, el hombre florece.
Donde la presencia de Dios gobierna, el alma cobra vida y el propósito se activa.
Ejemplo:
El aire de este mundo asfixia el alma; pero el aire del Reino —la atmósfera del Espíritu Santo— da vida, paz y propósito.
Cristo vino a restaurar ese ambiente original.
Efesios 2:4–6
“Y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.”
Jesús vino a devolvernos el Edén perdido.
No para llevarnos simplemente al cielo, sino para traer el cielo a nosotros.
El Espíritu Santo es el oxígeno del nuevo Edén dentro del creyente.
Donde Él habita, hay comunión, autoridad y restauración.
Colosenses 1:27
“Cristo en vosotros, la esperanza de gloria.”
Lo que se perdió en el Edén se recuperó en Pentecostés.
El Espíritu que se había apartado del hombre, volvió a morar dentro del hombre.
Ahora, el creyente puede caminar una vez más en su ambiente original: la Presencia de Dios.
Conclusión: Volviendo a respirar el aire del Reino
El hombre fue creado para reinar desde la Presencia, no desde la preocupación.
Fuimos hechos para la comunión, no para el caos.
Cuando vivimos desconectados del Reino, la vida pierde sentido; pero cuando nos sumergimos en Su atmósfera, todo encuentra propósito.
Hechos 17:28
“Porque en Él vivimos, y nos movemos, y somos.”
Aplicación:
No permitas que el sistema del mundo determine tu atmósfera.
Crea tu Edén cada día en oración, adoración y obediencia.
Respira la gloria, habita en la Presencia y manifiesta el Reino.
EL DIOS QUE DESCENDIÓ
Texto base:
Lucas 19:10
“Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.”
Desde el principio de los tiempos, el ser humano ha intentado alcanzar a Dios por sus propios medios.
El hombre ha construido religiones, templos, rituales y sistemas para subir hacia lo divino.
Pero todos esos esfuerzos son escaleras rotas, porque ningún esfuerzo humano puede alcanzar la santidad perfecta del Dios eterno.
Sin embargo, el Dios que tú y yo servimos es diferente.
Él no esperó que el hombre subiera hasta Él…
¡Él descendió!
Descendió a nuestro polvo, a nuestra miseria, a nuestro pecado, para rescatarnos y levantarnos otra vez a Su gloria.
TODOS LOS DIOSES FALSOS PIDEN QUE EL HOMBRE SUBA
Génesis 11:4
“Y dijeron: Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre, cuya cúspide llegue al cielo…”
La historia de la humanidad siempre ha sido el intento de subir —subir a través del conocimiento, del orgullo, de la religión, del poder, del dinero.
Pero el hombre nunca logra subir lo suficiente, porque el pecado nos separa del cielo.
🔹 Las religiones del mundo dicen: “haz más, sube más alto, sacrifica más.”
🔹 Pero el Evangelio dice: “Dios bajó.”
Los ídolos exigen sacrificio, pero Cristo se sacrificó a sí mismo.
EL DIOS VERDADERO DESCENDIÓ POR AMOR
Filipenses 2:6–8
“El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse… se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo…”
Cuando no podíamos subir, Él bajó.
Cuando no podíamos acercarnos, Él vino a nosotros.
El Dios eterno se hizo hombre; el Infinito se hizo carne; la Palabra se hizo vida entre nosotros.
Él descendió del trono a la cruz, de la gloria al polvo, del cielo al pesebre, del esplendor a la vergüenza,
¡todo por amor a ti y a mí!
Juan 3:16
“Porque de tal manera amó Dios al mundo, que dio a su Hijo unigénito…”
Cristo no bajó por obligación —bajó por amor.
EL QUE DESCENDIÓ, AHORA LEVANTA A LOS QUE CREEN
Efesios 2:4–6
“Y juntamente con Él nos resucitó, y asimismo nos hizo sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.”
El mismo que descendió al valle de nuestra miseria, ahora nos hace ascender a la altura de Su gloria.
El Evangelio no es religión —es restauración. El vino restaurar lo que perdiste al principio, te coloca en la posición que tenías antes y pone su Espíritu donde estaba antes. Pero son pocos los que asumen esa responsabilidad, que entienden esa verdad profunda de Dios.
Él vino a buscar, no a condenar; a salvar, no a señalar; a levantar, no a destruir.
Cuando Cristo desciende a tu vida, todo cambia:
Tu vergüenza se convierte en honor,
Tu derrota en victoria,
Tu llanto en alabanza.
Juan 1:12
“Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios.”
Llamado al altar
Querido hermano, quizás has intentado 'subir” tú solo —por tus obras, esfuerzos o buenas intenciones.
Pero el cielo no se conquista, el cielo se arrebata, especialmente cuando tienes que pelear con aquellas ideas que fueron implantadas fuera de la presencia de Dios, cuando estuviste fuera de tu hábitat, fuera de tu ambiente. Como dice la alabanza: "Porque su amor no se compra, ni se merece, su amor es un regalo de gracia se recibe."
Cristo ya descendió por ti.
Hoy Él está aquí, extendiendo Su mano, diciendo:
“Yo bajé hasta donde tú estás, solo para levantarte donde Yo estoy.”
Hoy puedes abandonar la religión y fortalecer tu relación.
Hoy puedes dejar el intento de subir, y dejar que el Espíritu te eleve.
Oración final
Señor Jesús, gracias porque cuando yo no podía subir, Tú descendiste. Dejaste Tu trono de gloria para entrar en mi oscuridad.
Hoy reconozco que sin Ti estoy perdido. Te entrego mi vida, mi corazón y mi voluntad.
Gracias por llevarme de regreso a tu presencia, así como en el Principio. Gracias por amarme primero.
En Tu nombre, Jesús, el Dios que descendió y se envolvió en un cuerpo de carne. Padre celestial, gracias porque me creaste para vivir en Tu presencia y no en el caos del mundo. Hoy decido regresar a mi ambiente original: Tu Reino, Tu gloria, Tu Espíritu, Tu Presencia.
Respíra en mí de nuevo, Señor, como en el principio.
Llena mis pulmones de Tu aliento, mi alma de Tu propósito y mi vida de Tu poder.
Que Tu presencia sea el aire que me sostenga, el ambiente donde florezco, y la atmósfera donde cumplo mi destino.
En el nombre de Jesús, el Rey de reyes. Amén.